El argentino dejó liderazgo y jerarquía en su primera titularidad, pero su presencia no corrigió una fragilidad que ya no parece cuestión de nombres.
La primera titularidad de Cuti Romero dejó una conclusión positiva y otra preocupante para el Atlético de Madrid.
El argentino aprobó el examen individual: mostró personalidad, liderazgo, capacidad para mandar sobre la línea defensiva y esa agresividad para defender hacia delante que le ha convertido en uno de los centrales más reconocibles del fútbol europeo.
Pero su presencia no solucionó el problema que Simeone lleva varias semanas intentando corregir.
Los números empiezan a encender una alarma. Ocho goles encajados en cuatro partidos: dos contra el Villarreal, uno frente al Sevilla, tres ante el Athletic y otros dos en Anfield contra el Liverpool.
Demasiados para un equipo que pretende competir por todo y, especialmente, demasiados cuando las soluciones han pasado por modificar nombres sin conseguir cambiar la tendencia.
Cuti aporta lo que se esperaba de él
Cuti Romero dejó señales de liderazgo desde su primera titularidad. El argentino no necesita demasiado tiempo para asumir galones. Ordena, reclama, achica, compite y trata de llevar la línea unos metros hacia delante.
Su personalidad encaja con una posición que necesita autoridad y, además, ofrece un perfil diferente para defender situaciones en las que el Atlético necesita centrales capaces de anticiparse y no limitarse a proteger el área.
Es, precisamente, una de las razones por las que su llegada puede terminar siendo tan importante para Simeone.
Cuti puede ganar duelos, corregir compañeros y aportar jerarquía. Lo que no puede hacer es evitar por sí solo que el equipo pierda el equilibrio, que los centrocampistas lleguen tarde a determinadas ayudas o que los rivales encuentren espacios después de una pérdida.
Tampoco puede impedir que un lateral quede expuesto si el bloque no está bien colocado.
Su primera titularidad, por tanto, no desmonta la preocupación. Al contrario: permite identificar mejor dónde está el problema.
Cambiar nombres no está cambiando la tendencia
El Atlético ha probado diferentes combinaciones defensivas y ha incorporado nuevas piezas con la intención de elevar el nivel de la zaga. Sin embargo, los goles siguen apareciendo.
Y eso es lo verdaderamente significativo.
Si el equipo encajara sistemáticamente por errores individuales de un mismo futbolista, la solución sería evidente: sustituirlo.
Pero cuando Villarreal, Sevilla, Athletic y Liverpool encuentran caminos diferentes para hacer daño, la explicación tiene que buscarse en algo más amplio.
El Atlético está cambiando nombres, pero no está consiguiendo cambiar comportamientos.
La fragilidad aparece cuando el equipo pierde el balón y debe correr hacia atrás. También cuando las líneas se separan y los centrocampistas no consiguen proteger a los centrales.
Y aparece, especialmente, cuando el rival consigue superar la primera presión y encuentra metros para atacar a una defensa que queda demasiado expuesta.
Ahí está una de las grandes diferencias respecto al mejor Atlético de Simeone. Durante años, el conjunto rojiblanco convirtió la defensa colectiva en su principal mecanismo de supervivencia.
No necesitaba ganar todos los duelos porque normalmente conseguía que los rivales tuvieran pocos espacios para atacar.
Ahora ocurre lo contrario en demasiados momentos: el rival encuentra situaciones de ventaja con demasiada facilidad.
El problema empieza antes de la última línea
La radiografía de estos ocho goles obliga a mirar más allá de los centrales.
Un equipo no defiende únicamente con sus cuatro o cinco futbolistas más retrasados. Defiende desde la presión de los delanteros, desde la posición de los interiores, desde la capacidad de los centrocampistas para cerrar líneas de pase y desde la reacción inmediata después de perder la pelota.
Por eso, poner a Cuti al lado de otro central, cambiar un lateral o modificar una pareja no garantiza que el problema desaparezca.
Si el Atlético pierde el balón con demasiados jugadores por delante, si no consigue frenarlo en los primeros segundos y si el rival puede correr, la defensa estará constantemente obligada a resolver situaciones de emergencia.
Y en ese escenario incluso los mejores centrales del mundo terminan concediendo.
La cuestión para Simeone no es únicamente encontrar la pareja de centrales correcta, sino construir el contexto adecuado para que esa pareja pueda defender.
La alarma llega demasiado pronto para ignorarla
Ocho goles en cuatro partidos no deberían provocar conclusiones definitivas sobre una temporada, pero sí obligan a prestar atención.
Más todavía en un Atlético que ha construido buena parte de su proyecto alrededor de una plantilla más profunda y con mayores recursos.
La llegada de Cuti puede ser una solución importante. Su liderazgo, agresividad y capacidad para ordenar la zaga pueden elevar el techo defensivo del equipo.
Pero el argentino no puede convertirse en el parche de una estructura que necesita funcionar como un bloque.
Ahí estará uno de los grandes retos de Simeone en las próximas semanas.
Porque si cada problema defensivo se intenta resolver cambiando una pieza, el equipo puede entrar en un ciclo peligroso: un nuevo nombre para cada error, pero los mismos espacios, las mismas transiciones y los mismos goles.
Cuti aprobó. Y probablemente será una pieza fundamental para que el Atlético vuelva a sentirse sólido.
Pero los ocho goles encajados dejan una evidencia mucho más importante: la defensa rojiblanca no necesita solamente nuevos nombres; necesita recuperar un mecanismo colectivo que, por ahora, sigue sin aparecer con la suficiente continuidad.
Cambiar al central puede elevar el nivel individual. Para cambiar la tendencia, el Atlético necesita volver a defender como un equipo.
¿Crees que el problema defensivo del Atlético está en los centrales o en cómo está defendiendo el equipo?

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