En el minuto 98, el Atlético Madrileño le ganaba 4-2 al líder. Había marcado cuatro goles, había sobrevivido incluso a un penalti en contra gracias a Astralaga y estaba a unos instantes de firmar una victoria capaz de cambiar el estado de ánimo de un equipo que llegaba de dos derrotas consecutivas. Cuatro minutos después, el marcador enseñaba un 4-4. Puede parecer una locura irrepetible. El problema para Fernando Torres es que, detrás de la locura, aparece un dato mucho menos accidental: su equipo ha recibido diez goles en las últimas tres jornadas.
El problema no empezó en el minuto 98
Sería demasiado cómodo explicar todo lo ocurrido en Alcalá como cuatro minutos de desconexión. También sería falso. El empate final fue extremo, cruel y difícil de repetir, pero el partido llevaba mucho tiempo enviando señales. El Madrileño se puso por delante cuatro veces: 1-0, 2-1, 3-2 y finalmente 4-2. Y cada vez que parecía haber construido una ventaja desde la que empezar a gobernar el encuentro, el Zaragoza encontró la manera de regresar.
Ahí está la verdadera preocupación. No en que un equipo joven conceda una ocasión, pierda un duelo o cometa un penalti. Eso va a suceder durante toda la temporada. El problema aparece cuando un equipo demuestra suficiente calidad para herir repetidamente al líder, pero no consigue transformar esas ventajas en control.
Porque jugar bien no consiste únicamente en llegar.
También consiste en saber qué hacer después de llegar.
Lo doloroso no es únicamente recibir dos goles en el añadido. Es haber demostrado durante noventa minutos que podías hacerle daño al líder y no haber aprendido todavía a proteger el premio.
Y sería injusto olvidar todo lo bueno que hubo antes
Porque el partido del Madrileño tuvo muchísimo fútbol. Romeo Hueso produjo dos asistencias desde el lateral derecho y volvió a enseñar por qué es uno de los nombres que más ilusión genera dentro de la Academia. Kamate atacó el espacio para abrir el marcador. Domènech apareció para el segundo. Miguel Gil, nacido en 2008 y debutante en la categoría, se elevó para marcar el 3-2. Y David Muñoz aprovechó la acción que parecía cerrar definitivamente el partido.
Cuatro goles al Zaragoza no aparecen por casualidad. El equipo de Ibai Gómez había llegado a Alcalá como líder, después de cinco victorias consecutivas, y el filial fue capaz de generarle problemas de manera constante. Cada vez que encontró espacios, encontró también futbolistas capaces de explotarlos.
Hay velocidad.
Hay talento.
Hay capacidad para producir.
Y seguramente esa sea la razón por la que el final escuece todavía más.
Si el Madrileño no tuviera fútbol, la preocupación sería mucho mayor. Lo tiene. El reto de Torres consiste ahora en conseguir que el equipo deje de necesitar marcar cuatro para sentirse cerca de ganar.
Diez goles en tres partidos ya no caben dentro de la palabra accidente
El 4-4 tampoco puede analizarse aislado. Una semana antes de recibir al Zaragoza, el cuerpo técnico ya trabajaba sobre un problema que había aparecido con fuerza. El Villarreal B ganó 1-3 en Alcalá. Después llegó el derbi de Valdebebas y el Castilla volvió a marcar tres en el 3-2.
Seis goles recibidos en dos partidos.
El líder añadió cuatro más.
El balance de las últimas tres jornadas es difícil de esconder: siete goles marcados, diez encajados y únicamente un punto conseguido de nueve posibles.
Y aquí sí aparece una tendencia que exige respuesta. No porque diez goles condenen el proyecto, ni porque el filial tenga que transformarse en un equipo conservador, sino porque el salto entre competir bien y competir para ganar suele encontrarse precisamente ahí.
En los detalles después de marcar.
En una segunda jugada.
En decidir cuándo correr y cuándo hacer correr al balón.
En reconocer que, algunas veces, el partido deja de pedirte otro gol y empieza a pedirte que protejas el que ya has marcado.
Pero el dato necesita contexto antes de convertirse en una condena
Diez goles en tres encuentros son demasiados. Eso no admite demasiadas discusiones. Lo que sí exige el análisis es comprender en qué momento aparece la cifra y con qué piezas está trabajando Fernando Torres.
El Madrileño es un equipo profundamente renovado. AS señalaba antes del partido que Torres viene manejando alineaciones con una presencia muy elevada de incorporaciones nuevas, mientras intenta construir una identidad prácticamente desde cero. Contra el Zaragoza tampoco podía utilizar su estructura defensiva ideal: Javi Gil seguía sancionado, mientras varios futbolistas estaban condicionados por lesiones o por su presencia en la dinámica del primer equipo.
El ejemplo más evidente fue Miguel Gil. Nacido en 2008, apareció en el once para ayudar a resolver las ausencias en el centro de la defensa y terminó marcando de cabeza el 3-2. El joven dejó motivos de sobra para la ilusión, pero también tuvo que enfrentarse al físico y la experiencia de delanteros acostumbrados a otro tipo de partidos.
Todo eso importa.
No para borrar los errores.
Para interpretarlos correctamente.
El Madrileño no está defendiendo mal porque Fernando Torres haya olvidado cómo organizar un equipo ni porque sus futbolistas hayan perdido de golpe el nivel. Está atravesando el proceso de ensamblar un bloque muy nuevo mientras algunas de sus piezas defensivas cambian constantemente.
Pero precisamente por eso necesita encontrar mecanismos colectivos que protejan a los jóvenes cuando el partido entra en momentos de máxima tensión.
Un filial también tiene que aprender a ganar
Existe una tentación habitual cuando se analiza a un segundo equipo: relativizar cualquier error porque la misión principal es formar futbolistas. Y es verdad. El Atlético Madrileño no existe para ganar una Primera Federación a cualquier precio. Existe para acercar jugadores al Metropolitano.
Pero aprender a competir también es formación.
Saber que un 4-2 en el minuto 98 exige otra clase de decisiones también es formación.
Entender cuándo asumir un riesgo, cuándo temporizar una jugada, cuándo proteger el área y cuándo bajar las pulsaciones no convierte a un joven en menos valiente. Lo convierte en un futbolista más preparado para la élite.
Porque el día que Romeo, Miguel Gil, Domènech, Kamate o cualquiera de estos jugadores llegue al primer equipo, nadie les preguntará únicamente si tienen talento.
Les pedirán que sepan competir.
Formar no es enseñar únicamente a construir un 4-2. También es enseñar a que ese 4-2 llegue vivo al vestuario.
No se trata de pedirle a Torres que meta a once jugadores detrás
Ese sería probablemente el peor aprendizaje posible. El Madrileño hizo daño al Zaragoza precisamente porque fue agresivo, porque Romeo siguió apareciendo, porque sus atacantes corrieron y porque, incluso ante el líder, no renunció a buscar la portería.
Lo que necesita no es perder esa personalidad.
Necesita añadirle una capa.
La del control.
Los equipos realmente buenos no dejan de atacar cuando se ponen por delante. Cambian la forma de atacar. Seleccionan mejor el momento, protegen la pérdida, gestionan dónde se juega la siguiente acción y entienden que el cronómetro también es una variable táctica.
Ahí aparece el siguiente reto para Torres.
El Madrileño se adelantó cuatro veces. Cada ventaja debe convertirse primero en unos minutos de estabilidad antes de volver a buscar el siguiente golpe.
Con ventaja y el reloj agotándose, no todas las jugadas tienen el mismo valor. Gestionar no significa renunciar al balón: significa utilizarlo mejor.
El final ante el Zaragoza terminó en un cabezazo y después en un penalti. Cuando el rival juega a la desesperada, el área necesita concentración, ayudas y decisiones limpias.
La buena noticia es que el problema parece mucho más corregible que estructural
Hace unas jornadas el Madrileño ya había demostrado que podía defender. Antes de esta secuencia de tres encuentros había dejado su portería a cero en tres ocasiones. No estamos, por tanto, ante un equipo incapaz por definición de proteger su área. Estamos ante un equipo que ha perdido estabilidad en un momento concreto de la temporada.
Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.
Lo primero obligaría a replantear todo.
Lo segundo obliga a corregir.
Fernando Torres tiene además una materia prima que invita a ser optimista. El Madrileño genera. Romeo amenaza. Kamate puede castigar espacios. Cubo ofrece referencia. Domènech tiene llegada. Los jóvenes que van entrando responden. Astralaga incluso sostuvo al equipo parando un penalti cuando el Zaragoza pudo empatar antes.
El problema no es encontrar fútbol.
Es conseguir que ese fútbol dure noventa minutos.
Hay problemas mucho peores que el de un equipo joven que crea, marca y compite, pero todavía no sabe cerrar. La dificultad está en corregirlo antes de que la repetición lo convierta en costumbre.
Por eso el 4-4 puede servirle más a Torres que un 4-2
Ganar habría sido mejor. Evidentemente. El fútbol no necesita romantizar golpes que cuestan puntos. Pero hay partidos que ofrecen una cantidad de información difícil de obtener durante una semana completa de entrenamiento.
Este fue uno.
Torres vio a su equipo mirar a los ojos al líder. Lo vio marcar cuatro. Vio a Romeo desbordar, a un central de 2008 estrenarse con gol, a Astralaga detener un penalti y a sus atacantes encontrar una y otra vez las debilidades del Zaragoza.
Y también vio exactamente dónde puede romperse todo.
Con 4-2.
En el minuto 98.
Cuando parece que ya no queda nada por aprender.
Ahí quedaba lo más importante.
El talento ya está. Ahora toca convertirlo en oficio.
Sería absurdo matar al Madrileño por cuatro minutos.
Pero sería todavía peor fingir que esos cuatro minutos no significan nada.
Porque vienen después de tres goles del Villarreal B.
Después de otros tres del Castilla.
Y terminan elevando la cuenta hasta diez en solo tres jornadas.
Fernando Torres tiene delante un equipo capaz de hacer algo dificilísimo: marcar cuatro goles al líder de la categoría.
Eso debería generar ilusión, no miedo.
Ahora tiene que conseguir algo aparentemente mucho más sencillo y, en realidad, mucho más complejo.
Que sus jugadores reconozcan cuándo el fútbol deja de pedirles otro golpe y empieza a pedirles cabeza.
Que aprendan a sufrir sin descomponerse.
Que entiendan que defender una ventaja también forma parte de la identidad de un equipo valiente.
Que un 4-2 en el minuto 98 no vuelva a necesitar un quinto gol para sentirse seguro.
Porque si este Madrileño consigue unir el fútbol que ya tiene con el oficio que todavía está aprendiendo, entonces aquella noche contra el Zaragoza no será recordada únicamente como el día en que dejó escapar dos puntos.
Puede convertirse en el día en que aprendió por qué los partidos no solo se juegan: también se saben terminar.
El Madrileño tiene talento y gol, pero ha recibido diez tantos en tres jornadas. ¿Es una mala racha propia de un equipo joven o empieza a existir un problema defensivo que necesita cambios?