Hay victorias que se explican con fútbol. Otras necesitan carácter. Y después están las del Atlético de Madrid: las que te hacen apretar los dientes durante noventa minutos, maldecir un penalti cuando parecía que todo estaba controlado y levantarte del sofá en el 87 como si el gol hubiera entrado en la portería de tu casa. El Atlético volvió del parón ganando. Pero, sobre todo, volvió siendo el Atlético.
Alavés
de Madrid
Volvió el Atleti. Y cuánto lo necesitábamos
Tres semanas. Veintiún días mirando el calendario, siguiendo selecciones, contando minutos de internacionales y esperando que volviera aquello que realmente nos acelera el pulso. El Atlético regresaba a LaLiga después del parón y lo hacía en uno de esos campos donde nunca sobra nada. Mendizorroza no es un lugar para ponerse bonito. Es un lugar para competir.
Simeone lo sabía. El Atlético llevaba demasiado tiempo sin ganar allí. Desde enero de 2021, Vitoria se había convertido en uno de esos desplazamientos atravesados en el calendario rojiblanco: derrotas, empates y partidos que casi siempre terminaban dejando la sensación de que algo se había quedado por el camino.
Esta vez no.
Esta vez el Atlético salió con la obligación de recordar inmediatamente quién era antes del parón. Segundo en Liga, creciendo después de un inicio irregular, con el derbi todavía fresco en la memoria y con una temporada que empieza a pedir algo más que buenas sensaciones. Ya no basta con competir. Hay que sumar.
El Atleti había esperado tres semanas para volver a jugar. No iba a regresar para pedir permiso.
Grimaldo convirtió el regreso en una declaración
El primer tiempo tuvo exactamente el tipo de dificultad que cabía esperar. El Alavés apretó, cerró espacios, convirtió cada disputa en un pequeño combate y obligó al Atlético a cocinar el partido con paciencia. No era una tarde para encontrar autopistas. Era una tarde para insistir.
Y en el minuto 33 apareció Alejandro Grimaldo.
Jonathan David participó en una gran combinación y el lateral encontró el espacio para atacar. Recibió, ajustó el cuerpo y golpeó fuerte y raso. Sivera no llegó. La pelota terminó dentro y el Atlético tenía lo que llevaba buscando desde el inicio: el 0-1.
El gol tenía además una historia detrás. Grimaldo había regresado de la concentración española después de unas molestias musculares que le impidieron disputar los últimos compromisos internacionales. Había existido duda sobre su presencia en Vitoria. Terminó llegando. Terminó jugando. Y terminó marcando.
Tres semanas esperando al Atleti y el primero en romper el silencio fue Grimaldo.
Durante unos minutos pareció que el partido empezaba a caer definitivamente hacia el lado rojiblanco. El Atlético había conseguido lo más difícil: ponerse por delante frente a un equipo incómodo y en su propio estadio. Podía irse al descanso con ventaja.
Podía.
El golpe antes del descanso
El fútbol tiene una habilidad especial para castigar cuando uno empieza a imaginar el vestuario antes de tiempo. Ya en el descuento de la primera mitad llegó la acción que cambió por completo la temperatura del encuentro.
Le Normand sujetó a su rival dentro del área y Quintero González señaló penalti. Lucas Boyé tomó la responsabilidad y convirtió el 1-1 en el minuto 45+6.
De golpe, todo el trabajo anterior había desaparecido del marcador.
Eso es Mendizorroza. Eso es jugar fuera. Eso es una Liga que no regala absolutamente nada. Puedes controlar durante cuarenta minutos y necesitar empezar otra vez desde cero cuando el árbitro manda a los equipos al vestuario.
El segundo tiempo fue una cuestión de fe
Hay partidos en los que el empate parece instalarse poco a poco en el césped. El reloj corre, las piernas pesan y cada minuto que desaparece convierte el punto en una posibilidad más real. El Atlético no había esperado tres semanas para conformarse con eso.
Simeone movió el banquillo y entre los futbolistas llamados a cambiar el partido apareció Julián Álvarez. La Araña llegaba después de recuperar algo de oxígeno con Argentina, después de volver a marcar y después de varias semanas en las que cada paso parecía examinado con lupa.
Su entrada aumentó la amenaza rojiblanca. Y el partido terminó inclinándose todavía más cuando Ángel Pérez llegó tarde sobre el argentino, dejó la pierna extendida con los tacos por delante y terminó expulsado. El Alavés se quedaba con diez.
Entonces comenzó otra clase de partido.
Uno en el que ya no servía mirar el reloj. Uno en el que un empate sabía a demasiado poco.
El Atlético tenía superioridad, tenía campo, tenía tiempo. Le faltaba una cosa. El gol que separa a los equipos que compiten de los equipos que creen.
Y apareció el Cuti
Minuto 87.
Tres minutos para el noventa.
El tipo de momento en el que empiezas a aceptar mentalmente que quizá hoy toque volver a Madrid con un punto. El tipo de momento en el que el aficionado mira el cronómetro más que el balón.
Y entonces apareció Cristian Romero.
El central que se marchó con Argentina llevando el brazalete. El defensa que durante este parón volvió a recordar que también sabe aparecer cerca del área rival. El futbolista que llegó al Atlético para aportar jerarquía, agresividad y personalidad.
Minuto 87. Cuti Romero. 1-2.
No hacía falta nada más.
Hay goles que se celebran. Y hay goles en el minuto 87 que se gritan como si quisieran recuperar de golpe las tres semanas que llevábamos sin Atleti.
Romero corrió. Los compañeros fueron detrás. El banquillo explotó. Y cientos de kilómetros al sur, en Madrid, volvió esa sensación tan difícil de explicar para quien no entiende este escudo.
Porque ganar cómodo es maravilloso.
Pero ganar así tiene algo que engancha.
Cuando parecía que faltaba demasiado poco. Cuando el partido llevaba minutos amenazando con quedarse en un empate. Cuando había que encontrar a alguien dispuesto a aparecer.
Apareció un central.
Apareció el Cuti.
Apareció el Atlético.
Cinco años después, Mendizorroza vuelve a ser rojiblanco
El dato explica también el tamaño de la victoria. El Atlético no ganaba en Mendizorroza desde enero de 2021. Desde entonces había encadenado cuatro visitas ligueras sin triunfo: dos derrotas y dos empates. Un campo pequeño en distancia y enorme en dificultad.
Esa racha terminó hoy.
Y terminó como suelen terminar las cosas importantes en este club: sufriendo.
No hubo goleada. No hubo una exhibición incontestable. No hubo noventa minutos para guardar en un museo. Hubo algo que, en una Liga de 38 jornadas, puede terminar siendo mucho más importante: la capacidad de sacar tres puntos cuando el partido empieza a empujarte hacia otro resultado.
También así se pelea una Liga
Estamos en octubre. Falta una eternidad. Nadie gana un campeonato en la jornada ocho. Pero sí existen tardes en las que puedes empezar a perderlo.
Una visita complicada después de un parón de tres semanas. Diecisiete internacionales repartidos por el mundo. Jugadores regresando con cientos de minutos en las piernas. El Manchester United esperando el martes en Champions. Un rival que vive cada partido en Mendizorroza como una batalla.
Era fácil encontrar una explicación para dejar puntos.
El Atlético encontró una manera de llevárselos.
Ese matiz separa temporadas.
Este equipo todavía tiene defectos. Todavía habrá días en los que el fútbol no alcance y partidos en los que las áreas vuelvan a castigarle. Pero hay algo que empieza a quedar claro: este Atlético tiene futbolistas suficientes para que el héroe no tenga siempre el mismo nombre.
Contra Osasuna aparecieron unos. En el derbi, otros. Hoy abrió Grimaldo y cerró Romero.
Un lateral y un central.
Eso también cuenta algo.
Este es nuestro Atleti
Tres semanas sin verlo.
Treinta y tres minutos para volver a gritar un gol.
Un penalti en el 45+6 para recordarnos que aquí nunca existe un camino sencillo.
Una segunda parte para insistir.
Un rival con diez.
Y un central apareciendo en el minuto 87 cuando más falta hacía.
Cinco años después, el Atlético vuelve a ganar en Mendizorroza.
Suma tres puntos más. Alcanza los 19. Continúa ahí.
Pero esta tarde dejó algo que no aparece en ninguna clasificación.
Después de tres semanas sin nosotros, después de selecciones, vuelos, cansancio y espera, volvió esa sensación.
La del corazón acelerado.
La de mirar el minuto 87 y creer todavía.
La de ver una camiseta rojiblanca correr hacia una esquina mientras todos los demás van detrás.
Volvió el Atleti.
Y volvió como mejor sabe hacerlo.
Haciéndonos sufrir antes de hacernos felices.
El Atlético volvió del parón sufriendo, golpeando en el 87 y rompiendo cinco años sin ganar en Mendizorroza. ¿Qué sensación te deja este equipo después de ocho jornadas?