Pitarle por haber manifestado públicamente su deseo de salir o arropar a un futbolista que seguirá defendiendo la camiseta del Atlético. El regreso de Julián Álvarez coloca al Metropolitano ante un debate mucho menos sencillo de lo que parece. Y en los dos lados existen argumentos que merecen ser escuchados.
Puede que el primer balón que toque Julián Álvarez en el Metropolitano diga menos que lo que ocurra unos segundos antes.
Cuando su nombre aparezca por megafonía.
Cuando salga a calentar.
O cuando se acerque por primera vez a una de las bandas.
Será entonces cuando descubramos hasta qué punto el verano ha dejado cicatriz.
Porque durante semanas el debate fue qué quería hacer Julián.
Ahora aparece otro.
¿Qué quiere hacer la afición con Julián?
Para entender los pitos hay que volver al origen
Julián no llega a esta situación únicamente porque durante el verano apareciera relacionado con otros clubes.
Eso ocurre prácticamente cada mercado con los mejores jugadores.
La diferencia está en que esta vez el propio futbolista abrió públicamente la puerta a una salida durante el Mundial.
Sus palabras fueron interpretadas por muchos aficionados como algo más que una declaración sobre su futuro profesional.
Fueron interpretadas como una ruptura con la posición que el Atlético había reservado para él: la de gran referencia del proyecto.
Los argumentos de quienes creen que sí debe escuchar al Metropolitano
La primera postura parte de una idea muy sencilla:
el apoyo de una afición también tiene límites.
El Atlético apostó por Julián para convertirle en una estrella.
Le dio el protagonismo que buscaba cuando salió del Manchester City.
La grada abrazó inmediatamente su llegada.
Y por eso hay quienes consideran que sus declaraciones no pueden regresar ahora al Metropolitano como si no hubiera ocurrido nada.
El fútbol funciona con una relación que no aparece en ningún contrato.
La que existe entre un futbolista y su gente.
Nadie puede obligar a un jugador a sentir el Atlético de la misma manera que alguien que lleva treinta años acudiendo al estadio.
Pero tampoco puede obligarse a ese aficionado a reaccionar con indiferencia cuando el jugador al que estaba dispuesto a convertir en ídolo manifiesta que preferiría continuar su carrera en otro lugar.
Los argumentos de quienes creen que pitarle sería un error
Al otro lado existe una tesis igual de sencilla.
Julián seguirá jugando para el Atlético.
El mercado ha colocado al futbolista y al club en posiciones diferentes.
Pero el mercado terminará.
Después habrá partidos.
Champions.
Derbis.
Y noches en las que el mismo aficionado que hoy puede estar enfadado probablemente quiera que Julián marque el gol de la victoria.
Esa diferencia resulta fundamental para quienes rechazan los pitos.
Un futbolista puede querer cambiar de club.
El club puede negarse.
Y ambas posiciones pueden convivir mientras el jugador siga cumpliendo con aquello que firmó.
Hay algo importante: ninguna de las dos posturas obliga a irse al extremo
Pitar a Julián no significa necesariamente querer que fracase.
Y no pitarle tampoco significa aprobar todo lo que ha ocurrido este verano.
Existe una tercera reacción que seguramente también tendrá presencia en el Metropolitano.
El silencio.
El problema es que Julián no es un jugador cualquiera
Si lo fuera, probablemente este debate sería bastante más pequeño.
En sus dos temporadas como rojiblanco ha alcanzado 49 goles y 17 asistencias.
Tiene contrato hasta 2030.
Griezmann ya no está.
Y Simeone necesita que uno de los jugadores de mayor talento de su plantilla vuelva a pensar exclusivamente en fútbol.
Por eso el debate tiene una dimensión que trasciende el orgullo: todo lo que ocurra entre Julián y el Metropolitano puede tener consecuencias deportivas.
• La afición también puede exigir compromiso.
• El cariño no tiene por qué ser incondicional.
• Sus palabras cambiaron la relación.
• Está cumpliendo profesionalmente.
• Simeone cuenta con él.
• Perjudicarle puede perjudicar al equipo.
Y quizá todo se decida en treinta segundos
No hará falta una encuesta.
Ni una votación.
Ni siquiera una declaración.
Bastará con escuchar.
El primer momento en el que el estadio vea a Julián después de todo lo ocurrido durante el verano ofrecerá probablemente una respuesta bastante más precisa que cualquier debate en redes sociales.
La relación entre una grada y un jugador nunca se decide únicamente con contratos.
Tampoco únicamente con goles.
Se construye con expectativas.
Con gestos.
Con declaraciones.
Y también con lo que ocurre después de equivocarse.
Julián tendrá ahora la oportunidad de escribir esa parte.
El Metropolitano decidirá cómo quiere recibirle.
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