El Atlético pasó de tener el partido en sus manos a verse por detrás y con diez futbolistas después de dos penaltis en apenas doce minutos. La indignación se apoderó del Metropolitano, pero Giuliano apareció cuando todo parecía perdido para rescatar un punto que explica muchas cosas de este equipo.
Hay empates que saben a dos puntos perdidos.
Y hay empates que terminan con un estadio entero levantado porque el equipo acaba de negarse a aceptar lo que parecía inevitable.
El 2-2 entre Atlético de Madrid y Villarreal pertenece un poco a las dos categorías.
Porque el Atlético llegó a tener el partido donde quería.
Porque Marc Pubill había puesto el 1-0.
Porque durante unos minutos parecía que el Metropolitano iba a celebrar la segunda victoria de la temporada.
Y porque, de repente, todo cambió.
Dos penaltis en contra. Una expulsión. Un 1-2. Y diez jugadores intentando entender cómo un partido que parecía controlado se había convertido en una carrera desesperada por sobrevivir.
El Metropolitano encontró rápidamente una palabra para explicar lo que estaba sintiendo.
Robo.
Puede discutirse desde el reglamento. Debe discutirse desde el análisis. Pero sería imposible contar lo ocurrido esta tarde sin explicar la sensación que recorría las gradas.
La afición sintió que le estaban arrancando el partido de las manos.
Y entonces apareció Giuliano.
⚽ Gerard Moreno · 66′ (p.)
⚽ Mikautadze · 78′ (p.)
⚽ Giuliano Simeone · 85′
Pubill rompió un partido que necesitaba una chispa
La primera mitad había dejado bastante menos fútbol que tensión.
El Atlético salió con intención, Grimaldo avisó muy pronto y Pubill tuvo que aparecer también para evitar que Mikautadze encontrara el primer gol del Villarreal.
Después, el partido se fue apagando.
Había intensidad.
Había intención.
Pero faltaba lo más difícil: alguien capaz de romper el equilibrio.
Y ese alguien terminó siendo un central.
Marc Pubill recogió el balón cerca de la frontal, levantó la cabeza y desató un zurdazo extraordinario que acabó en la escuadra.
1-0.
El Metropolitano explotó.
Y durante unos minutos pareció que el Atlético había encontrado exactamente aquello que llevaba buscando durante todo el partido.
El primer penalti encendió la mecha
El Atlético apenas pudo disfrutar de la ventaja.
Seis minutos después del gol apareció la primera acción que incendió el partido.
Hjulmand llegó tarde sobre Buchanan y Hernández Hernández señaló penalti.
Gerard Moreno no perdonó.
1-1.
El Metropolitano empezó a calentarse.
La sensación desde la grada era que el partido acababa de sufrir un giro demasiado brusco. Un Atlético que había encontrado por fin el premio se encontraba otra vez en igualdad después de una acción aislada.
Y aquí conviene separar dos cosas.
Una es lo que sintió el estadio.
Otra es lo que muestra la jugada.
Hay contacto de Hjulmand. El danés llega tarde y da al árbitro una decisión que tomar.
La indignación rojiblanca no necesita convertir esa acción en algo que no fue para resultar comprensible. Nace de todo lo que ocurrió después.
El VAR apareció y el Metropolitano terminó de explotar
El segundo golpe fue muchísimo mayor.
Mikautadze atacó el espacio y Le Normand intentó frenar la acción dentro del área.
El delantero cayó.
En primera instancia, el partido continuó.
Pero el VAR llamó a Hernández Hernández.
La revisión terminó con la peor resolución posible para el Atlético: penalti y tarjeta roja directa para Le Normand.
El francés había empujado al atacante con los brazos cuando éste encaraba la portería.
Mikautadze cogió el balón.
Marcó.
1-2.
Y ahí el Metropolitano dejó de estar simplemente enfadado.
Estaba incendiado.
66′ · Penalti de Hjulmand → 1-1
76′ · Penalti + roja a Le Normand
78′ · Mikautadze → 1-2
Eso es lo que explica la sensación de atropello que se instaló en la grada.
No una imagen aislada.
No una repetición.
La secuencia.
En menos de veinte minutos el Atlético pasó de celebrar un golazo que le colocaba por delante a intentar remontar con un futbolista menos.
Puede existir argumento reglamentario para las decisiones.
Pero ningún reglamento consigue impedir que 70.000 personas sientan que el partido se les está escapando de una forma brutal.
Simeone tampoco lo entendió con tranquilidad.
Las protestas terminaron incluso con tarjeta amarilla para el técnico.
Y entonces el Atlético hizo algo muy del Atlético
Ahí podía terminar el partido.
1-2.
Diez jugadores.
El estadio consumido por la rabia.
El Villarreal con la oportunidad perfecta para controlar los últimos minutos.
Era uno de esos escenarios en los que resulta fácil aceptar que simplemente no es tu día.
El Atlético no lo aceptó.
Y apareció el jugador que quizá mejor represente esa negativa.
Giuliano Simeone.
Minuto 85.
Una transición.
Un error de la defensa del Villarreal.
Giuliano atacando la jugada como si fuese la última de su vida.
Y el balón dentro.
2-2.
Esta vez el rugido fue distinto.
No era solo celebrar un empate.
Era descargar veinte minutos de impotencia de una sola vez.
Hay futbolistas mejores técnicamente.
Hay jugadores con mayor precio de mercado.
Hay nombres que aparecen mucho más arriba cuando se ordena esta plantilla por talento.
Pero existe algo que Giuliano parece entender de forma natural.
Hay días en los que el Metropolitano no pide belleza. Pide que alguien corra hacia el incendio.
Y él suele correr.
El Atlético también tiene que mirarse a sí mismo
La pasión no debería impedir el análisis.
Y sería demasiado cómodo reducir todo lo ocurrido a Hernández Hernández.
El Atlético cometió dos acciones que dieron al árbitro la posibilidad de señalar dos penaltis.
Hjulmand llegó tarde.
Le Normand se la jugó cuando Mikautadze ya había conseguido ganar la situación.
Eso también forma parte del partido.
Si este Atlético quiere competir por todo, necesita aprender a controlar esos momentos.
Porque el arbitraje puede enfadarte.
El VAR puede desesperarte.
La grada puede sentirse perjudicada.
Pero evitar colocar el partido en manos de una decisión arbitral también depende del equipo.
Julián volvió en mitad del incendio
Y como si al partido le faltara algo, también volvió Julián Álvarez.
El argentino había recibido una enorme pitada cuando su nombre apareció por megafonía antes del encuentro.
Volvió a escucharla cuando salió a calentar.
Y la volvió a sentir cuando Simeone decidió introducirlo después del primer empate del Villarreal.
No había un contexto sencillo para regresar.
Ni deportivamente.
Ni emocionalmente.
Su vuelta se produjo precisamente cuando el partido entraba en su fase más descontrolada.
¿Fue un robo?
Es probablemente la pregunta que más se repetirá durante toda la noche.
La respuesta depende de qué estemos preguntando exactamente.
Si hablamos del sentimiento del Metropolitano, no hay demasiado que interpretar.
La grada terminó convencida de haber sufrido un castigo desproporcionado y explotó contra cada nueva decisión.
Si hablamos estrictamente de reglamento, la respuesta exige más cuidado.
El exárbitro Iturralde González consideró sancionables las dos acciones y entendió también la expulsión de Le Normand, aunque criticó el tiempo empleado por el VAR en la segunda revisión.
Eso no invalida el enfado.
Lo coloca en su sitio.
Porque quizás la historia más poderosa de este partido no sea demostrar que el árbitro se inventó dos penaltis.
Es que el Atlético recibió dos penaltis, perdió un jugador, vio cómo un 1-0 se convertía en 1-2 y aun así encontró fuerzas para levantarse.
Cuatro puntos y una primera lección importante
El Atlético cierra las dos primeras jornadas con cuatro puntos.
No son los seis que habría querido.
Y después del gol de Pubill, durante unos minutos, parecían seis.
Pero la temporada también se construye con partidos como éste.
Partidos en los que hay que soportar.
Partidos en los que aparecen errores.
Partidos en los que el estadio pierde la paciencia.
Partidos en los que todo parece ponerse en contra.
Y partidos en los que un futbolista decide que perder no es una opción aceptable.
Hoy fue Giuliano.
Eso no convierte el empate en una victoria.
Pero sí impide convertirlo en una derrota.
Y Giuliano corriendo hacia el balón.
El Atlético no ganó. Pero tampoco se arrodilló.
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