El argentino puede actuar como extremo o carrilero y transformar el dibujo del Atlético de Madrid con sus movimientos
Hay jugadores que ocupan una posición. Y después están los que, por su movilidad, permiten al equipo entero cambiar de dibujo. Giuliano Simeone pertenece cada vez más a este segundo grupo. El argentino se ha convertido en una de las piezas más versátiles del Atlético de Madrid y en un recurso táctico capaz de modificar la estructura del equipo sin necesidad de realizar una sustitución.
Su valor no está únicamente en jugar como extremo o como carrilero. Está en poder ser ambas cosas dentro de un mismo partido, incluso dentro de una misma jugada. Con balón puede abrirse, fijar al lateral rival y comportarse como un extremo. Sin balón puede retroceder hasta formar una línea de cinco y convertirse prácticamente en un carrilero.
Giuliano Simeone: extremo con balón, carrilero sin él
Un solo jugador, dos dibujos
La mejor manera de entender su importancia es observar al Atlético en dos momentos diferentes del juego.
Cuando el equipo tiene el balón y busca atacar en un dibujo más parecido al 4-4-2 o al 4-3-3, Giuliano puede partir desde una posición exterior, muy pegado a la banda. Su misión es estirar al rival, generar amplitud y atacar el espacio a la espalda del lateral.
En este escenario, Giuliano se comporta como un extremo. Recibe abierto, encara, rompe hacia dentro cuando encuentra espacio y, sobre todo, obliga al rival a decidir si seguirle o mantener la estructura defensiva.
Pero el escenario cambia completamente cuando el Atlético pierde la pelota.
Giuliano puede retrasar su posición y colocarse prácticamente a la altura del lateral, formando una línea de cinco:
El Atlético pasa entonces a defender en un 5-4-1 o 5-3-2, dependiendo de dónde estén los centrocampistas y del comportamiento del resto de los jugadores.
El truco está en la transición
La gran diferencia respecto a un extremo convencional está en lo que sucede durante los segundos posteriores a la pérdida.
Giuliano tiene la capacidad física para recorrer muchos metros y, sobre todo, la predisposición para hacerlo. Cuando el Atlético pierde el balón, no tiene que esperar a que el equipo se reorganice. Su movimiento hacia atrás es el que permite que esa reorganización sea posible.
La secuencia puede entenderse de una forma muy sencilla:
Ese movimiento aparentemente pequeño tiene consecuencias importantes.
Si Giuliano permanece arriba, el Atlético puede quedar expuesto en banda. El lateral tendría que saltar demasiado lejos de su posición para cubrirle y aparecerían espacios entre lateral y central.
Si Giuliano retrocede, en cambio, el equipo puede mantener una estructura defensiva mucho más compacta.
El argentino funciona como una especie de interruptor táctico: arriba es una amenaza ofensiva; abajo, una pieza defensiva.
Giuliano es la pieza que complica al rival
Reducir su papel al de jugador de banda sería quedarse corto. En el caso de un carrilero clásico suele tener una responsabilidad muy clara: ocupar toda la banda, ofrecer profundidad y regresar para formar una línea de cinco. Giuliano puede hacer eso, pero tiene otra dimensión.
Cuando el Atlético ataca, puede jugar mucho más arriba y mucho más cerca del área como lo haría un extremo convencional.
Su amenaza no consiste únicamente en correr por fuera. También puede atacar el espacio interior, aparecer en el segundo palo, llegar desde atrás o convertirse temporalmente en un segundo delantero.
Si el rival defiende muy cerrado, Giuliano puede mantener la amplitud. Si el lateral sale a presionarle, puede atacar su espalda. Si el lateral permanece atrás, puede conducir hacia dentro y buscar una asociación con los centrocampistas.
El lateral contrario debe decidir:
Si le sigue, puede liberar la banda para la incorporación del lateral.
Si no le sigue, Giuliano puede recibir entre líneas o atacar el espacio interior.
Por eso su movilidad puede convertirse en una herramienta para generar superioridades tanto arriba como abajo.
La consecuencia: el desgaste físico
Para jugar de esta manera, Giuliano necesita recorrer muchos metros y repetir esfuerzos de alta intensidad. No se trata únicamente de correr mucho, sino de hacerlo con sentido táctico.
Debe saber cuándo saltar hacia delante, cuándo cerrar por dentro, cuándo perseguir al lateral, cuándo proteger su espalda y cuándo acelerar para atacar el espacio.
El riesgo es evidente: cuanto más se le exige en ambas fases, más puede disminuir su impacto ofensivo con el paso de los minutos y aumentar el riesgo de lesión.
Simeone tendrá que encontrar el equilibrio entre utilizar su capacidad camaleónica y no convertirla en una obligación física permanente. Teniendo en cuenta que en plantilla se necesitan refuerzos en jugadores de banda, y los que hay no cumplen esta característica tan intensamente como el argentino.
La pieza del nuevo fútbol
El fútbol moderno habla cada vez más de posiciones híbridas. Jugadores capaces de ocupar diferentes espacios y desempeñar diferentes funciones son especialmente valiosos porque permiten modificar las estructuras durante el partido.
Y Giuliano no es simplemente un extremo que puede ayudar atrás ni un carrilero con llegada. Es un jugador capaz de hacer que el Atlético tenga una forma con balón y otra sin balón sin necesidad de modificar su once. Para Simeone eso supone una ventaja enorme.
Porque el argentino puede hacer que el Atlético parezca un equipo cuando tiene la pelota y otro completamente diferente cuando la pierde. El equipo puede comenzar en 4-4-2, atacar con una estructura cercana al 4-3-3 y defender en 5-3-2 / 5-4-1.
Todo con los mismos jugadores de inicio, sin realizar un cambio.
Y en esa capacidad para transformar el dibujo a través del movimiento, Giuliano Simeone puede aumentar su protagonismo y convertirse en un jugador aún más importante del Atlético de Madrid.

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