Hay una teoría bastante extendida según la cual los atléticos somos gente sufrida, resistente y acostumbrada a vivir al límite. Yo creo que se han quedado cortos. Los atléticos somos, sencillamente, una especie aparte, porque no hay manera humana de acertar con nosotros. Si juega el Atleti, nos quejamos de que juega demasiado; si no juega, nos pasamos los días preguntando cuándo vuelve. Si ganamos, pensamos que podríamos haber jugado mejor; si empatamos, nos parece una oportunidad perdida y, si perdemos, recordamos inmediatamente todas las señales que anunciaban la tragedia y que, por supuesto, nadie vio antes del partido.
Ahora estamos en pleno parón de selecciones, esa maravillosa época del año en la que el fútbol desaparece justo cuando empezábamos a cogerle el gusto. Durante la temporada vivimos convencidos de que necesitamos descansar, de que hay demasiados partidos y de que no puede ser saludable estar pendientes de un equipo de fútbol con la intensidad con la que algunos siguen la Bolsa. Nos prometemos que, cuando llegue un parón, aprovecharemos para desconectar, hacer otras cosas y recuperar un poco de normalidad.
Y entonces descubrimos que la normalidad nos aburre una barbaridad.
Los primeros días todavía conseguimos mantener cierta dignidad. Nos decimos que viene bien descansar, que hay que aprovechar para hacer planes diferentes y que no pasa nada porque durante unas semanas no tengamos que organizar nuestra vida alrededor de un partido. Incluso conseguimos hablar de otros temas y fingir que somos personas perfectamente equilibradas.
El problema llega cuando aparece el primer fin de semana sin Atleti.
Uno mira el calendario casi por inercia y descubre que no hay nada rojiblanco que esperar. No hay previa, no hay alineación, no hay discusión sobre quién debería jugar ni ese mensaje en el grupo de WhatsApp que comienza con una pregunta aparentemente inocente y termina provocando ciento cincuenta respuestas, tres teorías tácticas y, como mínimo, un “yo ya lo dije”.
Y ahí aparecen también nuestros queridos podcasts, que durante el parón tienen la heroica misión de llenar horas y horas de contenido aunque, objetivamente, no haya absolutamente nada que contar. Cuando no hay partido, se habla del próximo; cuando todavía no sabemos qué va a pasar, se analiza la posible alineación; si tampoco hay novedades en la plantilla, se debate quién debería jugar. Y cuando ya hemos exprimido hasta el último rumor, suplente, entrenamiento y declaración, siempre queda la posibilidad de dedicar cuarenta minutos a analizar qué quiso decir exactamente un jugador cuando utilizó una palabra en una entrevista que, probablemente, ni él mismo recuerda haber pronunciado.
Porque, llegados a este punto, cualquier cosa sirve para mantener la máquina del contenido en funcionamiento. Si una mosca decide darse una vuelta por el Metropolitano, no descarten que terminemos teniendo un programa especial para analizar por qué estaba allí, de dónde venía, qué quiso decir con su trayectoria de vuelo y, sobre todo, si su presencia podría interpretarse como una señal de que el próximo fichaje debería ser un extremo derecho. En tiempos de parón, hasta un corazón rojo en Instagram puede convertirse en una tertulia de dos horas.
Lo verdaderamente preocupante es que empezamos a echar de menos incluso las cosas que durante la temporada nos sacan de quicio. Aquel partido que terminó en empate y del que salimos diciendo que habíamos perdido dos puntos comienza a parecernos, con la distancia, bastante entrañable. El 0-0 que nos hizo pasar hora y media preguntándonos por qué habíamos decidido dedicar nuestra tarde a semejante sufrimiento adquiere una cierta belleza cuando llevamos dos semanas sin ver al equipo. El cerebro atlético tiene esa maravillosa capacidad de revisar el pasado con una generosidad que jamás tuvo durante los noventa minutos.
También echamos de menos nuestras costumbres. Está quien necesita ponerse la camiseta antes de empezar, quien se sienta siempre en el mismo sitio porque asegura que desde ahí vio los últimos tres partidos ganados y quien no se levanta durante una jugada peligrosa porque está convencido de que su movimiento podría alterar el curso de los acontecimientos. No sabemos exactamente por qué hacemos estas cosas, pero llevamos demasiado tiempo haciéndolas como para plantearnos ahora si tienen sentido.
Y luego están los nuestros, que probablemente sea lo que más se echa de menos durante el parón. Porque el Atleti no se vive únicamente durante los noventa minutos, sino también en todo lo que ocurre alrededor: en las conversaciones antes del partido, en las cervezas, en las previas, en los viajes, en las peñas, en los grupos de amigos y en esa capacidad tan atlética de convertir una jugada del minuto 17 en un asunto de Estado que puede seguir siendo debatido tres días después.
Porque el Atleti no se vive únicamente durante los noventa minutos, sino también en todo lo que ocurre alrededor.
Por eso el parón de selecciones nos deja una sensación tan extraña. Podemos seguir viendo fútbol, naturalmente, pero nos falta nuestra dosis semanal de locura. Nos alegramos de ver a nuestros jugadores con sus selecciones, aunque el aficionado atlético vive esos partidos con una serenidad bastante particular y, sobre todo, con un criterio de patriotismo muy flexible. Cuando uno de los nuestros marca, sacamos pecho como si el gol llevara también el escudo del Atleti. Si, además, un jugador del equipo rival comete una cantada, pierde un balón absurdo o falla una ocasión clamorosa, tampoco vamos a fingir que nos disgusta demasiado. Hay que saber disfrutar de las pequeñas alegrías que ofrece el fútbol internacional.
Mientras el resto observa el encuentro, nosotros vigilamos a los jugadores del Atleti como si hubiéramos sido contratados por el club para supervisar personalmente su integridad física. Una entrada algo fuerte y ya estamos protestando contra el concepto mismo de fútbol internacional; si uno de los nuestros cae al suelo, el resultado del partido pasa inmediatamente a un segundo plano hasta que vuelve a levantarse. Durante esos segundos acaba de comenzar una investigación médica de alcance mundial.
Lo que realmente nos recuerda el parón, sin embargo, es hasta qué punto el fútbol forma parte de nuestra vida cotidiana. No porque necesitemos ver un partido cada tres días para sobrevivir, sino porque alrededor del fútbol hemos construido pequeñas rutinas que tienen mucho más que ver con las personas que con el balón. El partido es la excusa para encontrarnos, hablar, reírnos, discutir y celebrar juntos algo que, visto desde fuera, puede parecer completamente desproporcionado.
Porque un gol del Atleti puede hacer que dos personas que no se conocen de nada se abracen como si llevaran veinte años siendo amigos. Y eso, por mucho que intentemos explicarlo, no tiene demasiado sentido. Precisamente por eso tiene tanto sentido.
Durante el parón descubrimos nuestra gran contradicción: decimos que necesitamos desconectar del fútbol, pero seguimos hablando del Atleti; decimos que necesitamos descansar de los nervios, pero miramos cada día cuánto falta para el siguiente partido. Aseguramos que vamos a aprovechar estas semanas para hacer otras cosas y, mientras lo decimos, estamos buscando en internet cuándo vuelve la Liga.
Lo mejor llega cuando por fin se acerca el regreso. Recuperamos la ilusión, volvemos a mirar el calendario, a hablar de posibles alineaciones y a organizar el fin de semana alrededor del partido. Nos preparamos, en definitiva, para volver a sufrir exactamente aquello de lo que llevábamos dos semanas quejándonos. Y ahí pronunciamos una de las frases más ingenuas de todo el repertorio atlético: “A ver si esta vez no sufrimos”.
Si vamos ganando, sufriremos porque todavía queda mucho. Si vamos empatando, sufriremos porque hay que marcar. Si vamos perdiendo, sufriremos porque hay que remontar. Y si marcamos en el minuto 89, sufriremos porque todavía queda un descuento que, dependiendo del resultado, puede durar aproximadamente lo que dura una legislatura.
Sin embargo, cuando todo termina, volvemos a querer más. Porque quizá eso sea lo que realmente echamos de menos durante el parón: no solamente al equipo, sino esa versión de nosotros mismos que aparece cuando juega el Atleti. La que se emociona, protesta, celebra, abraza a alguien que hace diez minutos no conocía y puede pasar de estar convencida de que todo está perdido a pensar que vamos a ganar un título en cuestión de treinta segundos.
Por eso, mientras dure el parón, podemos intentar hacernos los fuertes y decir que nos viene estupendamente desconectar. Pero todos sabemos la verdad.
El sábado 10 de octubre en Mendizorroza, en cuanto vuelva a jugar el Atleti, volveremos a estar delante de una pantalla, en un bar, en una peña o en cualquier rincón del mundo donde haya otro atlético dispuesto a compartir noventa minutos de esperanza, sufrimiento y alegría. Volveremos a discutir sobre la alineación, a quejarnos del árbitro, a decir que el Cholo tenía que haber hecho el cambio cinco minutos antes y a celebrar un gol como si acabáramos de descubrir que la vida, después de todo, tenía algún sentido.
Y probablemente, cuando termine el partido, volveremos a decir que no podemos seguir viviendo así, hasta que llegue el siguiente.
Porque quizá ese sea nuestro particular paraíso: noventa minutos de fútbol, miles de kilómetros de distancia que de repente desaparecen, una camiseta rojiblanca, nuestra gente alrededor y la sensación de que, pase lo que pase, estamos exactamente donde queremos estar.
Porque todos sabemos que sin Atleti no hay paraíso.
¿El partido, la previa, el grupo de amigos, la peña, el bar, los nervios o incluso aquello de lo que te pasas toda la temporada quejándote? Te leemos en comentarios.