El Rincón Atlético · Opinión
Desde el Norte · Carmen GarcíaCarmen García compara la cultura de las gradas alemanas con el fútbol español y reivindica un modelo que respete a los aficionados, su libertad y su papel dentro de los clubes. Porque importar el modelo alemán debería significar mucho más que controlar abonos.
Hace nada nos hemos cruzado con el Stuttgart y la afición ha vuelto maravillada con el ambiente de las gradas alemanas.
A todo el mundo se le cae la baba contemplando cómo se vive el fútbol en Alemania. Sin embargo, cuando nuestros dirigentes miran hacia el norte, no ven esa pasión: solo ven una excusa para intentar darnos lecciones. Y ahí es donde yo vivo instalada en la paradoja del espejo retrovisor.
Quienes llevamos media vida con un pie en las autopistas germanas y el otro en la grada patria, perteneciendo con el mismo orgullo a un lado y a otro, asistimos con una mezcla de estupor y risa floja a los sermones de los despachos españoles. De vez en cuando, a los ingenieros del fútbol negocio de LaLiga les entra el arrebato pedagógico y miran hacia el norte para explicarnos cómo debemos comportarnos.
El modelo alemán, pero solo lo que interesa
Nos citan la Bundesliga como si fuera el catecismo de la modernidad. Nos hablan, por ejemplo, de la modélica «cesión de abonos», de la tecnología punta para liberar el asiento si te entra una gripe un sábado a mediodía y de la optimización del espectador por metro cuadrado.
«Miren a los alemanes qué disciplinados», nos dicen desde la moqueta. Pero omiten la letra pequeña: en Alemania la «cesión» no nace de la cortesía del club, sino del cepo administrativo.
Como te exigen asistir por decreto a un mínimo de partidos —con la amenaza sorda de retirarte el abono si fallas—, te obligan a pasar por el aro digital para liberar la butaca y que la máquina no pare de facturar.
Y sí, es verdad que hablo con conocimiento de causa cuando digo que en la Bundesliga puedo ceder mi carné al club o a un tercero con dos clics en una aplicación; la diferencia es que en Alemania se hace por agilidad y respeto al socio, no para fiscalizar tu asistencia como si estuvieras en régimen de libertad condicional.
Hasta ahí llega la letra pequeña del folleto que les interesa vender. Porque cuando en España nos quieren importar el «modelo alemán», se aplican el embudo de siempre: lo ancho para la patronal y lo estrecho para la grada.
Si vais a vendernos el paquete germano, señores dirigentes, vendédnoslo entero. Sin anestesia y sin trampas.
Calendarios, movilidad y respeto al aficionado
Para empezar, hablemos de calendario y movilidad. En Alemania sé los días y horarios de los partidos con meses de antelación, lo que me permite organizar mi vida y sacar billetes con tiempo.
Y hay más: la propia entrada del partido o el carné de socio te incluye el transporte público regional para ir y volver del estadio sin pagar un euro de más, haciendo que la experiencia sea cómoda, sostenible y accesible para todos.
En España, en cambio, sufro la incertidumbre de enterarme de si juego un lunes a las nueve de la noche o un viernes intempestivo a tres semanas vista, peleando luego por ver cómo narices vuelves a casa a medianoche en un transporte público saturado o de pago.
Sumemos a eso que en los equipos alemanes los entrenamientos abiertos a la afición son parte del pulso semanal, frente a los escasos y blindados ensayos con cuentagotas en los que se han convertido las ciudades deportivas españolas.
La regla del 50+1: cuando el socio importa
Traednos también el pilar maestro: la regla del 50+1, esa anomalía subversiva que garantiza que la mayoría del club pertenezca siempre a sus socios y no a un fondo de inversión que pretenda manejarlo desde un despacho opaco.
La grada también tiene voz.
Carmen reivindica la regla del 50+1 como símbolo de un fútbol en el que los socios conservan el control mayoritario de los derechos de voto y participan en el futuro de sus clubes.
Porque en Alemania las protestas contra la intromisión mercantil se han librado con una ironía desbordante e interrumpiendo partidos en pleno directo: paralizando el juego al llenar el césped de pelotas de tenis, de golf o haciendo correr cochecitos teledirigidos por el área en una metáfora fabulosa de que ningún club quiere ser manejado a control remoto.
En España, en cambio, la chepa del sistema tiembla tanto ante el hincha que un simple avioncito de papel lanzado desde la grada es tratado por los prebostes patrios como si fuera un caza militar cargado con los peores misiles.
El fútbol popular no debería ser un lujo
Traednos las entradas a precios terrenales, los abonos que no me exigen empeñar un riñón y las gradas de pie (Stehplätze) donde miles de personas pueden seguir sintiendo el fútbol como un rito popular y no como un parque temático para turistas de un solo uso.
Copiad asimismo las gradas visitantes, esos sectores pensados para la afición que viaja, con visibilidad de cine, facilidades de acceso y un respeto escrupuloso por la cultura de la carretera.
En Alemania la grada visitante llega a ras de césped y nadie se rasga las vestiduras; no hace falta encerrar al hincha rival en peceras de metacrilato ni desterrarlo a la luna del estadio para que no moleste.
Y existe además la figura del delegado de enlace (Fanbeauftragter) para mediar y proteger los derechos del viajero, mientras que en España se nos despacha con retenciones arbitrarias de tres cuartos de hora en el fondo del estadio tras el pitido final, tratándonos como a sospechosos habituales.
Calcad la libertad para desplegar tifos monumentales —algo que en Alemania hace con total normalidad incluso la afición visitante en campos declarados hostiles— y esa tolerancia madura que entiende que un poco de pirotecnia en un fondo no es terrorismo de Estado, sino la expresión viva de una pasión que no necesita el sello de homologación de ningún comisario.
Desde el Norte · La reivindicación
«Traednos las entradas a precios terrenales, los abonos que no me exigen empeñar un riñón y las gradas de pie».
La animación no nace de una mesa de despacho
En los estadios alemanes la animación nace de la garganta del hincha de forma orgánica.
En los españoles, en cambio, nos atruenan con megafonías a todo volumen, luces de discoteca y un «show» impostado tipo NBA diseñado para silenciar cualquier atisbo de protesta y decirle a la gente cuándo tiene que aplaudir.
Y hablemos de protestas con mayúsculas, porque en Alemania he visto a las gradas levantarse, plantar cara a la federación, boicotear jornadas enteras o protestar abiertamente contra los despachos… y el sistema no se derrumba; se detiene a escuchar.
En España, en cambio, cualquier pancarta crítica es investigada por la fiscalía de lo absurdo y al hincha se le trata como a un delincuente en potencia desde tres horas antes de pitar el inicio.
La diferencia también está en los pequeños detalles
Incluso en los detalles más cotidianos noto la brecha.
En un estadio alemán me sirven una cerveza con alcohol de verdad en mi sitio, servida en un vaso reutilizable con su correspondiente depósito (Pfand) que devuelve la grada limpia y ordenada, y milagrosamente nadie siente la necesidad imperiosa de mamarse ni antes ni durante el partido.
La disfruto con la misma naturalidad con la que me como una salchicha en la previa, porque en sus recintos el fútbol es un espacio de convivencia adulta, no una ratonera donde hay que prohibir hasta el agua mineral con gas por miedo a que se desate el apocalipsis.
Si queréis el modelo alemán, importadlo entero
En Alemania el fútbol sigue perteneciendo a quienes lo llenamos cada fin de semana.
Es muy cómodo agarrar del modelo germano la herramienta de control que os sirve para rellenar el estadio y vigilar al abonado bajo amenaza, mientras pisoteáis todo lo demás: la previsión, la movilidad, la accesibilidad, la libertad de protesta y el orgullo de pertenencia.
Así que la próxima vez que desde un micrófono o una nota de prensa nos pongáis a Alemania como ejemplo de eficiencia y civismo, ahorraos el cinismo.
No nos vendáis la moto a piezas. Si queréis el modelo alemán, tened la valentía de importar el paquete completo.
Si no, seguid contando billetes en silencio, pero dejad de tomarnos el pelo.
Y a quienes se os ha caído la baba con el ambiente de Stuttgart, os diría una sola cosa: si de verdad queréis un fútbol así, empezad por preguntaros a qué se debe.
Carmen García · Desde el Norte
¿La regla del 50+1, los precios de las entradas, los horarios, el transporte o el respeto a las aficiones? Te leemos en los comentarios.