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Historia y opinión

El traslado de 2017 permitió al Atlético crecer en capacidad, ingresos y dimensión internacional. Pero abandonar la ribera del Manzanares también significó despedirse de un escenario que durante más de medio siglo había terminado confundiéndose con la propia identidad rojiblanca.

José Luis Ruiz
José Luis Ruiz
Primer equipo · Academia · Opinión | El Rincón Atlético

Hay mudanzas que consisten en cambiar de dirección. Y hay otras en las que uno necesita aprender de nuevo qué significa estar en casa.

Cuando el Atlético de Madrid abandonó el Vicente Calderón en 2017 para trasladarse al Metropolitano, no cambió únicamente de estadio. Cambió de escala, de modelo y, en cierto modo, también de relación con su propia ciudad.

La nueva casa ofrecía prácticamente todo lo que necesitaba un club que había crecido vertiginosamente durante los años anteriores: más capacidad, mejores instalaciones, mayores posibilidades comerciales y un escenario preparado para competir con las grandes entidades europeas. Pero hubo algo que no pudo incluirse en la mudanza: medio siglo de recuerdos construidos junto al Manzanares.

Dos estadios, dos épocas
El Atlético ganó una infraestructura para mirar al futuro. Lo que dejó atrás fue algo mucho más difícil de reconstruir: un lugar que varias generaciones de aficionados ya sentían como parte de su propia vida.

El Calderón era mucho más que un estadio

El Atlético disputó sus partidos en el Vicente Calderón desde 1966 hasta 2017. Más de cincuenta años en los que aquel estadio de la ribera del Manzanares dejó progresivamente de ser únicamente una construcción de hormigón para convertirse en uno de los grandes símbolos del club.

Su ubicación era parte de su personalidad. La antigua M-30 atravesaba literalmente una de sus tribunas y el estadio aparecía incrustado en el paisaje urbano madrileño con una naturalidad imposible de diseñar desde un despacho.

El Calderón envejeció junto al Atlético. Allí hubo victorias, derrotas dolorosas, noches europeas, ascensos, títulos y temporadas mucho menos felices. Sobre todo, hubo generaciones enteras que aprendieron a ser del Atleti recorriendo siempre las mismas calles antes de llegar a la grada.

Medio siglo en el Manzanares
1966
Inicio de la etapa
2017
Último partido oficial
3-1
Despedida ante el Athletic

No era un estadio perfecto. Había zonas envejecidas, limitaciones de accesibilidad, menos posibilidades comerciales y un aforo que condicionaba el crecimiento de una entidad cada vez mayor. Pero tenía algo que ningún arquitecto puede incluir entre los planos de una obra: carácter.

El Calderón no era simplemente el lugar donde jugaba el Atlético. Para muchos atléticos, el Calderón era una de las maneras de explicar qué significaba ser del Atlético.

Lo que ganó el Atlético

Un estadio a la altura de un club que había crecido

El salto al Metropolitano permitió al Atlético disponer de una instalación moderna, funcional y pensada para el fútbol del siglo XXI. El nuevo recinto superó desde su inauguración las 67.000 localidades y multiplicó las posibilidades que ofrecía la antigua casa.

No era únicamente cuestión de sentar a más aficionados. El cambio significaba disponer de mejores accesos, espacios corporativos, zonas de hospitality, restauración, áreas comerciales, mayor comodidad y unas instalaciones capaces de albergar acontecimientos deportivos y musicales de primer nivel.

El salto de infraestructura
✓ Mayor capacidad y potencial de taquilla
✓ Más comodidad para el aficionado
✓ Palcos y hospitality de mayor nivel
✓ Nuevas posibilidades comerciales
✓ Capacidad para conciertos y grandes eventos
✓ Una imagen internacional mucho más moderna

El estreno oficial llegó el 16 de septiembre de 2017 frente al Málaga. Antoine Griezmann marcó el único gol del encuentro y, con él, el primer tanto de la historia rojiblanca en el nuevo estadio.

Más músculo económico

La transformación tenía inevitablemente una dimensión económica. El fútbol europeo había cambiado y los estadios habían dejado de ser recintos utilizados únicamente cada dos fines de semana.

Hospitality, restauración, visitas, eventos corporativos, conciertos y explotación comercial permiten convertir un estadio en una fuente de ingresos permanente. El Calderón tenía enormes limitaciones para adaptarse a ese modelo. El Metropolitano nació directamente pensando en él.

Para un Atlético que aspiraba a instalarse definitivamente entre las grandes potencias del continente, disponer de esa herramienta ya no era un lujo: empezaba a convertirse en una necesidad.

Una nueva dimensión internacional

El nuevo estadio también cambió la forma en la que el Atlético podía presentarse ante el mundo. La mejor demostración llegó rápidamente: en 2019 acogió la final de la Champions League entre Liverpool y Tottenham.

Era una imagen difícil de imaginar pocos años antes. El Atlético ya no solo tenía un equipo capaz de competir contra los gigantes europeos. También poseía un estadio capaz de recibir el mayor partido de clubes del continente.

Lo que perdió el Atlético

La ribera del Manzanares

El cambio más difícil de medir fue el emocional. El Atlético abandonaba un lugar que llevaba más de medio siglo incorporado a su personalidad y se trasladaba al este de Madrid, al distrito de San Blas-Canillejas.

No significa que una ubicación sea mejor que la otra. Significa que son completamente distintas.

El Calderón había crecido dentro de un tejido urbano consolidado. Los bares, las calles, el río, los puentes y los recorridos formaban parte del ritual del partido. El Metropolitano tuvo que empezar a construir ese paisaje prácticamente desde cero.

Una atmósfera difícil de reproducir

Quien estuvo en el Calderón sabe que existen sensaciones difíciles de explicar con estadísticas. El estadio tenía imperfecciones, pero también una cercanía especial. El ruido, la estructura de las tribunas y la sensación de que la grada prácticamente se precipitaba sobre el campo generaban un ambiente particular.

El Metropolitano ha vivido ya ambientes extraordinarios y noches que pertenecen a la historia reciente del club. Sería injusto negar que también ha desarrollado personalidad propia.

Pero es otra personalidad. Más grande. Más espectacular. Más moderna. El Calderón era más estrecho, imperfecto y visceral. Y precisamente muchas de sus limitaciones contribuían a hacerlo irrepetible.

Un patrimonio sentimental

El 21 de mayo de 2017, el Atlético disputó su último partido oficial en el Vicente Calderón. Fernando Torres marcó dos veces, Ángel Correa cerró el marcador y el Athletic cayó por 3-1.

Fue un final hermoso en lo deportivo, pero ningún resultado podía resumir lo que estaba terminando aquella tarde. Padres que habían llevado a sus hijos durante décadas, aficionados que habían visto varias generaciones de jugadores y atléticos que relacionaban etapas enteras de sus vidas con aquella grada entendieron que el siguiente partido en casa ya nunca sería allí.

Después llegó la demolición. Y entonces la despedida dejó de ser simbólica. El Calderón ya no estaba. Lo que quedaba era la memoria.

La paradoja del traslado
El Atlético ganó casi todo aquello que una entidad moderna necesita y perdió algunas de las cosas que ningún club puede comprar.
Ganó
Capacidad
Comodidad
Ingresos
Hospitality
Proyección internacional
Grandes eventos
Perdió
El Manzanares
Un ritual de medio siglo
Una atmósfera irrepetible
Un paisaje reconocible
Parte de su patrimonio sentimental
Una casa llena de recuerdos

El Metropolitano ya está construyendo su propia memoria

Sería un error quedarse únicamente en la nostalgia. Los estadios también necesitan tiempo para convertirse en hogar y el Metropolitano lleva ya casi una década acumulando sus propios recuerdos.

Ha vivido noches europeas, remontadas, títulos, celebraciones y partidos que ya forman parte de la memoria de una nueva generación. Hay niños atléticos para quienes el Calderón no es un recuerdo personal, sino una historia contada por sus padres. Su casa siempre será el Metropolitano.

Ese quizá sea el proceso natural de cualquier club. Cada generación construye sus propios lugares sagrados. El Metropolitano todavía no puede competir con cinco décadas de recuerdos, pero cada partido reduce un poco esa distancia.

El Atlético no cambió únicamente de estadio. Cambió de escala.

Y en ese salto ganó las herramientas necesarias para crecer, competir y mirar hacia adelante. Pero el progreso siempre exige algún precio. En este caso fue abandonar una parte de aquello que había ayudado a hacer reconocible al Atlético durante más de medio siglo.

Hoy pueden convivir perfectamente dos sentimientos: estar orgulloso del Metropolitano y seguir echando de menos el Calderón.

Porque las casas cambian. Los recuerdos no.

José Luis Ruiz
Escrito por
José Luis Ruiz
Redactor de Primer equipo, Academia y artículos de opinión
La historia del Atlético también se cuenta desde sus casas
Historia · Opinión · Vicente Calderón · Metropolitano · Identidad rojiblanca
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