El mundo experimenta tiempos convulsos (cuándo no) y la globalización extiende sus tentáculos de forma implacable sobre buena parte de los ámbitos de nuestras vidas. El fútbol no es una excepción. Los clubes, al menos la gran mayoría, ya no son de sus socios. Ahora son empresas que buscan resultados deportivos y también económicos y comerciales. El Atleti ya no es un simple club de fútbol. Ahora es una marca internacional.
Los que ya peinamos canas venimos de un fútbol muy distinto al actual. En el caso de mi infancia, mis primeros recuerdos como aficionado rojiblanco me retrotraen a Don Vicente Calderón en la presidencia, elegido por los socios, y un equipo en el que destacaban, entre otros, el implacable Juan Carlos Arteche, el posteriormente traidor Hugo Sánchez, el alemán y siempre cumplidor ‘Mirko’ Votava, o el cerebro Chus Landáburu, todos ellos bien arropados por canteranos de calidad como Julio Prieto, Quique Ramos, Juan José Rubio, Juan Carlos Pedraza o Roberto Simón Marina, sin olvidar a un joven Tomás Reñones, que más tarde se convertiría en leyenda y que hoy es lo que los modernos llaman ‘team manager’.
Podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que al Atleti, como diría Luis Aragonés, ya no lo conoce ni la madre que lo parió. De club de sus socios, a SAD (no voy a entrar ahora en lo fraudulento del proceso). De club orgullosamente castizo, a empresa multinacional y con plantilla similar a una asamblea de la ONU. De entidad de gestión ‘casera’, con sus correspondientes y habituales penurias económicas, a marca solvente y moderna dirigida por un fondo de inversión norteamericano cuyas miras van más allá del terreno de juego.
¿Se puede pensar que el Atleti ha perdido identidad? Sí, claro que se puede. ¿Ese presunto alejamiento del ADN primigenio es algo negativo? No necesariamente. En mi humilde opinión, la evolución de nuestro club/SAD hay que tomarla como algo natural que responde a los propios cambios del mundo y la sociedad en la que vivimos. Nos puede gustar más o menos, pero es la realidad que nos ha tocado vivir, con sus pros y sus contras. Y sólo hay dos posibilidades. Aceptarlo o hacerte a un lado.
Hace unos días un aficionado me decía en ‘X’ que prefiere no ganar títulos antes que ver cómo el Atleti se convierte en un negocio globalizado de capital privado y extranjero, en el que los conciertos, la piscina de olas y los restaurantes de la Ciudad del Deporte prevalezcan sobre el rendimiento del primer equipo. El comentario venía a colación de la entrada en el accionariado rojiblanco del canadiense Shai Gilgeous-Alexander, jugador de la NBA y actualmente una de las mayores figuras del baloncesto norteamericano. Sí, a algunos hinchas colchoneros les chirrían estas cosas, y es comprensible. Pero abramos la mente. ‘Be water, my friend’, que diría Bruce Lee.
Personalmente me llena de orgullo que aquel club del que me enamoré y que peleaba contra un sistema establecido a nivel doméstico y con gente de la casa, lo haga ahora a gran escala, convertido en equipo de élite mundial, instalado en la regularidad deportiva y económica, creciendo sin parar en lo social y presumiendo de una marca que ya atesora incondicionales por todo el mundo. Y aunque de momento en menor medida, también con canteranos.
El Atleti se extiende más allá de nuestras fronteras y eso nunca debería ser visto como algo nocivo. Cuantos más seamos, más fuertes seremos. Y cuanto más se conozca nuestra forma de entender el fútbol y nuestros colores, mayor será el legado para los que vendrán. Las rayas rojiblancas enganchan, ya sea en Madrid, Nueva York, Berlín, Buenos Aires, Tokio, o la ruandesa Kigali. ¿Al sentimiento le acompaña el negocio? Evidentemente. Casi todo en esta vida lo es.
Dentro de esa globalización del Atlético de Madrid y todo lo que ello conlleva, ¿es un peligro real que un fondo de inversión dirija el destino de nuestro equipo? ¿Corremos un serio riesgo de que en algún momento caigamos en manos negligentes y avariciosas, como le ha ocurrido, por ejemplo, al Valencia? A día de hoy no se puede responder con certeza a esas preguntas, pero yo recomendaría al personal que no anticipe catástrofes. No es sano. Además, dudo que podamos caer en algo más peligroso que lo que fue la gestión del inefable Jesús Gil. Volviendo otra vez a palabras de Luis, nosotros ya tenemos el culo ‘pelao’, oiga. Vivamos el presente y no nos perdamos en elucubraciones. Carpe diem y partido a partido.
Tal y como yo lo veo, la esencia del Atleti no ha cambiado. Permanecen el sentido de pertenencia y el profundo sentimiento de lo que somos, tal y como se pudo apreciar en el choque victorioso de este martes ante el Manchester United en el Metropolitano. El apabullante minuto de silencio por el fallecimiento de la madre de nuestro capitán Koke y su hermano Borja (chapó para el respeto mostrado por el conjunto mancuniano y sus hinchas), las sentidas lágrimas de emoción del Cholo en el tempranero gol de Barrios, la dedicatoria a seis dedos de éste, los constantes cánticos de una afición que honra a sus símbolos y que nunca desfallece… En definitiva, mi Atleti, nuestro Atleti. Con otra cara, sí, pero el de siempre. Por cierto, hace años veíamos con envidia el poderío y el lustre de clubes como el United. Hoy en día les miramos a los ojos, sin miedo y a veces incluso con el cartel de favoritos.
Quiero pensar que los responsables de Apollo son conscientes del tesoro que tienen entre manos. Si lo cuidan, el beneficio económico a futuro será enorme para ellos. La receta es sencilla. Respetar los valores de siempre, invertir con sentido en el equipo, y continuar con la expansión internacional de la marca con unas señas de identidad que, en su núcleo, son las mismas que hace décadas.
El Atleti no vende gloria, no vende triunfalismos, no vende prepotencia. El Atleti es otra cosa. Un grande diferente. El Atleti es una familia, ahora universal.
La expansión internacional, la entrada de nuevo capital y el crecimiento de la Ciudad del Deporte abren un debate que va mucho más allá del terreno de juego.