Copas, finales europeas, eliminatorias de Champions e incluso noches ligadas al descenso. Pocas líneas del campo de fútbol han provocado tanto dolor al Atlético de Madrid como la que separa al lanzador de los once metros. Juan Emilio Ríos Vera recorre más de medio siglo de heridas rojiblancas.
Llevo ya más de medio siglo siguiendo las andanzas, vicisitudes y avatares del Atlético de Madrid. Cincuenta y dos años, para ser más exactos.
Mi historia comenzó realmente en aquella nefasta e inolvidable final de la Copa de Europa de 1974 contra el Bayern de Múnich. Tenía ocho años cuando Schwarzenbeck marcó aquel gol desde lejos en el último suspiro de la prórroga y nos privó de levantar nuestra primera Copa de Europa.
Paradójicamente, aquel gol me hizo del Atleti para siempre.
Con ocho años comprendí, quizá sin saber explicarlo todavía, que mi corazón tenía que estar al lado de un equipo al que la fortuna parecía obligar siempre a recorrer el camino más difícil. Un club condenado tantas veces a luchar contra la adversidad, a levantarse después de caer y a buscar la gloria sin esperar que nadie le regalara absolutamente nada.
Y dentro de todos los sufrimientos que he vivido desde entonces existe uno que se ha repetido demasiadas veces: el punto de penalti.
«He visto al Atlético perder de muchas maneras. Pero pocas duelen tanto como caminar hacia el punto de penalti sabiendo que, detrás de un solo golpeo, puede desaparecer un título entero».
Un punto situado a once metros y demasiadas heridas
Los penaltis forman parte del fútbol. Los fallan todos los equipos, todos los grandes jugadores y todas las generaciones.
Pero cuando uno repasa nuestra historia sorprende comprobar cuántos momentos decisivos del Atlético han terminado concentrándose exactamente en el mismo lugar del campo.
No hablo únicamente de una tanda perdida. Hablo de finales. De títulos europeos. De Copas. De una Champions. De partidos que marcaron descensos y de eliminatorias continentales que todavía hoy somos capaces de reconstruir de memoria.
Por eso he querido reunirlos. No para recrearme en el sufrimiento —aunque los atléticos tenemos cierta experiencia en ello—, sino porque también nuestra historia está construida con aquello que estuvimos a centímetros de conquistar.
Seis finales y el mismo camino hacia los once metros
Si empezamos por los títulos que terminaron escapándose directamente en una tanda, el recorrido es especialmente doloroso.
Y llegamos al episodio que para muchos ocupa un lugar aparte.
La final de la Champions de 2016. San Siro. Otra vez el Real Madrid. Otra vez una Copa de Europa al alcance de la mano.
Antoine Griezmann tuvo un penalti durante el partido y golpeó el larguero. Carrasco consiguió posteriormente el empate y la final terminó desembocando en la tanda.
Allí los primeros siete lanzamientos entraron. Hasta que Juanfran golpeó el poste. Cristiano Ronaldo convirtió después el definitivo y la Champions volvió a escaparse.
Aquella pena máxima fallada durante el encuentro tampoco abandonó nunca del todo a Griezmann. Años después reconocería que, si pudiera cambiar un momento de su carrera, escogería aquel lanzamiento de Milán.
Eso explica la dimensión de determinadas acciones. Un penalti dura apenas unos segundos. Su recuerdo puede acompañar a un futbolista durante toda una vida.
Pero sería un error pensar que nuestra relación con el punto de penalti termina en las finales. Algunas de las historias más crueles ni siquiera tuvieron una copa esperando al otro lado.
Cuando un penalti llegó a significar algo todavía peor que perder una copa
Hay un episodio tan antiguo que ninguno de los que escribimos hoy sobre el Atlético pudo verlo, pero que merece permanecer dentro de la memoria del club.
El 19 de abril de 1936, el entonces Athletic Club de Madrid necesitaba salvarse en la última jornada. El Sevilla vencía 2-3 en el Metropolitano y se conocía ya la derrota de Osasuna.
En el último minuto llegó un penalti. Chacho lanzó al poste. El empate habría permitido evitar la plaza de descenso. El balón no entró y aquella pena máxima quedó vinculada para siempre a uno de los primeros grandes dramas de nuestra historia.
Nota histórica: el descenso deportivo de 1936 quedó posteriormente condicionado por la Guerra Civil y por la reorganización de la competición cuando regresó el fútbol nacional.
1997: Van der Sar apareció cuando las semifinales estaban mucho más cerca
También tengo grabados los cuartos de final de la Champions de la temporada 1996/97 frente al Ajax.
Después del 1-1 conseguido en Ámsterdam, el Atlético disputaba la vuelta en el Calderón. La eliminatoria estaba abierta y el equipo rojiblanco encontró una oportunidad enorme a falta de aproximadamente un cuarto de hora.
Penalti.
Juan Eduardo Esnáider tomó el balón. Si marcaba, el Atlético se colocaba por delante en aquella eliminatoria cuando empezaba a divisarse la posibilidad de regresar a unas semifinales de la Copa de Europa.
Pero enfrente estaba Edwin van der Sar. El neerlandés adivinó el lanzamiento y lo detuvo. El Ajax resistió, el partido se marchó posteriormente a la prórroga y terminó venciendo 2-3. Otra noche europea en la que el punto de penalti apareció en el momento exacto en el que el sueño parecía abrirse.
Pocos penaltis explican de forma tan cruel nuestra historia reciente. El Atlético empataba 2-2 en Oviedo cuando, en el minuto 85, Hasselbaink dispuso de una pena máxima. Esteban detuvo el lanzamiento. Aquel empate consumó matemáticamente el descenso a Segunda División.
Luis Aragonés contempló desde el banquillo cómo el club de su vida se marchaba a la categoría de plata. Hasselbaink había marcado minutos antes el empate y era, probablemente, el futbolista al que cualquier atlético habría elegido para lanzar aquel balón.
Pero precisamente esa es otra de las crueldades de los penaltis: normalmente los falla quien tiene el valor de asumirlos.
2025: el penalti de Julián que terminó cambiando hasta la interpretación de la regla
Y llegamos a una de las imágenes más recientes, una de esas que todavía podemos reproducir casi fotograma a fotograma.
Atlético y Real Madrid decidían en el Metropolitano los octavos de final de la Champions de 2025. La eliminatoria terminó llegando a los penaltis.
Julián Álvarez lanzó el suyo, resbaló y mandó el balón a la red.
Durante unos segundos fue gol.
Después llegó la revisión. La UEFA determinó que el argentino había rozado mínimamente la pelota con el pie de apoyo antes de golpearla con el derecho. Según la norma vigente entonces, el lanzamiento tenía que considerarse fallado.
Meses después, la IFAB aclaró expresamente la norma: cuando un futbolista toca accidentalmente el balón con ambos pies y el lanzamiento termina en gol, debe repetirse. La nueva interpretación entró en vigor para las competiciones iniciadas desde julio de 2025.
Pocas veces una acción ha dejado una sensación más atlética: perder bajo una regla que, después de habernos eliminado, terminó siendo modificada precisamente para tratar de una manera diferente ese mismo supuesto.
Noventa años condensados en once metros
| Año | Partido | Qué ocurrió | Consecuencia |
|---|---|---|---|
| 1936 | Sevilla | Chacho, al poste | Descenso deportivo |
| 1975 | Real Madrid | Fallan Irureta y Salcedo | Copa perdida |
| 1987 | Real Sociedad | Da Silva y Quique Ramos | Copa perdida |
| 1997 | Ajax | Van der Sar para a Esnáider | Eliminación europea |
| 2000 | Oviedo | Esteban para a Hasselbaink | Descenso |
| 2004 | Villarreal | Reina decide la tanda | Intertoto perdida |
| 2016 | Real Madrid | Griezmann y Juanfran | Champions perdida |
| 2020 | Real Madrid | Fallan Saúl y Thomas | Supercopa perdida |
| 2025 | Real Madrid | Doble toque de Julián | Eliminación de Champions |
| 2026 | Real Sociedad | Marrero para a Sorloth y Julián | Copa perdida |
¿Los penaltis son realmente una lotería?
Esa es la pregunta que siempre vuelve.
Durante décadas hemos escuchado que los penaltis son una lotería. Que todo depende de la fortuna. Que cualquiera puede ganar una tanda.
Yo cada vez estoy menos convencido de que sea tan sencillo.
He leído trabajos de psicólogos y especialistas que han estudiado ese instante tan extraño del deporte en el que todo se reduce a dos personas: un lanzador y un guardameta.
Se ha analizado desde el punto de vista estadístico, biomecánico y psicológico. Se estudia dónde mira el futbolista, cuánto tarda en iniciar la carrera, cómo reacciona el portero, qué influencia tiene el resultado anterior de la tanda y hasta qué punto la presión modifica una acción que en un entrenamiento parece sencillísima.
Y todo conduce a una conclusión que me parece bastante lógica: un penalti puede tener una enorme dosis de incertidumbre, pero eso no significa que no pueda entrenarse.
Repetición del golpeo, altura, potencia y selección de zonas.
Estudio de tendencias tanto del lanzador como del guardameta.
Automatizar el proceso para reducir decisiones bajo máxima presión.
Control de la ansiedad, respiración, concentración y capacidad para aislarse del entorno.
También existe un arte para detenerlos.
Hemos conocido porteros extraordinarios en esta especialidad. Guardametas como Diego Alves construyeron buena parte de su reputación alrededor de su capacidad para interpretar el cuerpo del lanzador, aguantar hasta el último instante y convertir un duelo aparentemente desigual en una batalla psicológica.
Por eso me cuesta aceptar que todo dependa del azar. La fortuna siempre participa, por supuesto. Pero preparar mejor un penalti también significa estar más preparado cuando la fortuna decide intervenir.
No podemos saber qué habría ocurrido si todos aquellos penaltis hubieran terminado dentro. Lo que sí sabemos es que demasiadas veces el Atlético llegó al mismo punto del campo con un sueño enorme esperando al otro lado.
Las vitrinas podrían contar hoy otra historia
El fútbol no puede escribirse utilizando el «y si…».
Si Griezmann hubiera marcado en Milán, todavía quedaba mucho partido. Si Esnáider hubiera batido a Van der Sar, el Ajax todavía habría tenido tiempo para responder. Si Julián no se hubiera resbalado contra el Madrid, nadie puede asegurar cómo habría terminado aquella tanda.
Eso también debemos reconocerlo.
Pero hay algo que tampoco puede discutirse: el Atlético ha estado muy cerca de añadir a sus vitrinas algunos de los títulos más importantes de su historia y, demasiadas veces, los once metros aparecieron justo en el momento definitivo.
Quizá por eso los atléticos miramos un penalti de una manera diferente.
Para otros son once metros.
Para nosotros son Irureta, Salcedo, Arconada, Reina, Griezmann, Juanfran, Saúl, Thomas, Hasselbaink, Esnáider, Julián, Sorloth…
Son recuerdos.
Son heridas.
Y, sobre todas ellas, queda todavía la mayor de nuestras obsesiones: pensar que si la fortuna nos hubiese sonreído alguna vez más desde aquel fatídico punto de penalti, quizá hoy ya tendríamos una orejona en nuestras vitrinas.
Artículo de opinión. Las opiniones y reflexiones expresadas en esta columna pertenecen a su autor.

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